Enrique Lihn
Subió a la carrera los tres primeros pisos del edificio
que lo absorbía con un dejo de hostilidad, como un arrendatario indeseable y luego,
a semejanza de esos ágiles pasajeros que finalmente se resignan a perder el tren,
enumeró los últimos tramos de la escalera con un lento paso evasivo. Solo eran las
once y media de la mañana, buena hora para un día domingo, pero no para él, ese
día único.
La puerta lo recibió
fríamente infranqueable; un número de metal, el otro garabateado a mano. Todas sus
dudas se agolparon contra ella. El timbre estaba seguramente malo. ¿Golpearía, o
haría uso incorrecto de “su” llave?
La abrió por último
como si fuera la suya una visita policial: allanamiento. Se sentía su propio detective
privado en plena actividad vergonzante. Dos personas en una. Eficacia probada. Pero
el total de su envilecimiento era mayor que la suma de sus partes.
–¿Usted?…
En sueños, la identidad
de la segunda persona no prueba que no sea una tercera. Es menester interrogarla.
También en la realidad cuando se despierta de una pesadilla…
–Yo… –y por un momento
mintió al decirlo, para ganar tiempo.
Por un momento fue
como si ambos se encontraran en la misma situación. Ni semejante, ni equivalente:
idéntica. No había nadie en la pieza de recibo. Norma acababa de subir por otra
escala, de abrir y cerrar, violenta y cautelosa, otra puerta de entrada. Una ciudad
desdoblada, como frente a un espejo, era el escenario más vasto de esa escena simétrica.
–Lo estaba esperando.
Sus impresiones
volvieron de golpe a su curso normal.
Se miraron a fondo,
para no verse. Una mirada divisoria. De polo a polo.
En la habitación
reinaba un orden conventual: el orden de Norma. Sobraba el orden en medio de toda
esa pobreza orgullosamente impecable, casi cómica, como lo es una dignidad exagerada.
En esa cama se habrían podido guardar tantos secretos como en una tumba; las manchas
de humedad en las murallas formaban parte del decorado y todos los objetos, antes
inútiles, perturbadores, “desaparecían” cada uno en su justo sitio, reducidos a
su tamaño natural. Solo sus libros continuaban en el desorden en que los dejara.
Hacían grupo aparte en sedicioso, lamentable aislamiento.
En cuanto a su mujer,
se restablecía con avidez del matrimonio, pálidamente aún pero ya rebosante de una
salud futura. Era una planta de invernadero expuesta al sol que todo lo alumbra,
al fin y al cabo. Una planta carnosa, compacta, resistente. ¿No había envenenado
ella misma la atmósfera porque le resultaba irrespirable?
“Atención –se increpó,
mientras se desembarazaba del abrigo minuciosamente, en cámara lenta–, no se trata
de volver sobre una vieja historia podrida a rescatar al inocente y condenar al
culpable. Somos personas adultas, no ya los protagonistas de ese folletín. Y esto
debe ser lo natural. Que ya la releve de su turno, una vez a la semana y ella aproveche
la ocasión para visitar largamente, no importa a quién. Su presencia aquí puede
irritarme”. Ah, bien sabía ella, cómo hacerlo. Saltaba a la vista que era libre
para elegir sus amistades.
–Pensé que preferiría
estar solo con ella y cómo…
–Bien pensado. No
pido explicaciones. Gracias.
La agredía de palabra,
pero el tono de la voz neutralizaba sus expresiones. Una canción con la letra cambiada.
Norma volvió de
la cocinilla con un escrito en la mano. Otro de sus famosos escritos.
–Son las instrucciones.
–Ya lo veo.
–¿Me entenderá la
letra?
Se la había entendido
demasiado bien. Cada vez que en la exasperación de la incomunicabilidad oral, se
“aclaraban” mutuamente por escrito, con una lógica tanto más absurda cuanto más
rigurosa. Ella era particularmente afecta a tal género de correspondencia:
“Lo sé, lo he visto
todo claro anoche, donde esa amiga suya sin la cual usted no puede vivir…” O bien:
“Fui una tonta.
Creí que por lo menos me respetaba usted como a una persona cualquiera. Lo esperé
toda la tarde, para despedirme”.
–¿Qué dice aquí?
–Cucharadita. Una
cucharadita y media de azúcar.
Por lo demás, escribía
con letra de imprenta y espaciaba las líneas de una irreprochable rectitud y subrayaba
los párrafos importantes una o dos veces, según el caso, y era enternecedor ese
prurito de claridad obsesiva como el de un niño extraviado que explica su dirección
a los mayores o el de un poseso en trance de revelaciones o el de un agonizante
desconocido en una casa de huéspedes. Como el de… nadie escapa a ese momento –único
para cada cual– en el que se es reintegrado vertiginosamente al seno de su propio
abismo y se toca el fondo de la intransferible, innumerable soledad del ser. No
hay ya modo de romper el tórrido silencio aplastante, ni palabras ni gestos lo bastante
explícitos. Perdidos todos, unos al lado de otros, en una inmensidad de pequeños
abismos.
El texto era de
una oficiosidad tan exagerada que se lo habría podido leer entre líneas: un documento
sicológico. Pero a él lo conmovía otra circunstancia: la tinta de un verde ingrato,
ácido, recalcitrante, inagotable, que ella se obstinaba en usar.
–¿Está claro?
Lo sorprendió esa
voz viva. Los recuerdos no hablan.
–Creo que sí –buscaba
dónde fijar la vista–. Es un manual perfecto –se iba a permitir una ironía–, podrías
publicarlo –La fijó más allá de ella.
–Usted sabe lo delicada
que es una guagua.
–Gracias. Pero no
es la primera vez que…
–Fíjese bien, por
favor. Hay algunos cambios. Ahora tiene seis meses.
–Sí, sí. Sé leer.
Agua de arroz. Puedes irte tranquila.
Norma no se movía
de su sitio, se desprendía de él con dificultad. Ambos actuaban como en el interior
de un acuario, sin ninguna fluidez.
–Hay vino. Una botella
en la cocina. Y un poco de pisco si usted quiere.
Por fin se decidía
a ofenderlo con franqueza. Endureció el rostro para ocultarlo y la miró a la cara,
vacía como la suya de cualquiera expresión.
Eran dos ciegos,
el uno al acecho del otro, en un silencio vibrante.
“Encima de todo
es un borracho”, agregaba ella cuando se quejaba de él entre sus conocidos más y
más numerosos.
Había dicho vino
y pisco alargando las “íes”, como en una clase de pronunciación.
Y luego, bebía raras
veces, nunca sola. Se limitaba a tolerar los vicios ajenos y a compartirlos discretamente
llegado el caso, reservándose el derecho a condenarlos después, como si en cierto
modo no los hubiera fomentado. Al menos, era la conducta que había observado con
él. Una trampa para el incauto oficiante que cree haber iniciado en su rito al asistente
ideal, en el mejor de los medios posibles, cuando en realidad se presta a un experimento
en la pieza de su futura esposa. A los hombres hay que conocerlos en la intimidad
de sus debilidades. Para analizarlo, Norma lo había dejado diluirse en una solución
de humores espirituosos.
En cualquier caso,
la existencia de esas botellas allí delataba la asiduidad de un amigo de la casa.
Su vacante, la habían colmado hasta los bordes. Y era exactamente lo que Norma le
estaba diciendo, con el rostro en blanco.
–Hay vino, una botella
en la cocina. Y un poco de pisco, si usted quiere.
Por el espacio de
un momento se vio a sí mismo de pie –se había sentado al borde de la cama– con la
mano alzada sobre ese eclipse de cara y se escuchó expresiones soeces como si alguien
gritase a lo lejos, a destiempo. Oasis. Un juego de la imaginación, violento. Realmente,
todo seguía en calma, con creciente naturalidad. El silencio runruneaba. Sí, también
eso era lo natural. Que se lo reemplazara a fondo. Lo natural. La medida misma de
la naturalidad. Su punto de concentración.
Salvado.
–Es un ofrecimiento.
Lo tendré en cuenta. Gracias.
No se había traicionado
y ya no tenía nada que traicionar.
–Bueno…
Era tan absurda
que, a lo mejor, le tendía la mano.
–Bueno.
–… vuelvo a las
ocho…
Casi, casi se la
había tendido.
–Conforme.
Después de todo,
no estaban de más unos vasos de vino.
Norma huyó hacia
la puerta como si se hubiera declarado un incendio o temblara.
***
La niña no lo iba a reconocer con seguridad, pero acaso
podía desconocerlo o simplemente extrañar a su madre y ver en él nada más que el
vacío opaco, nebuloso, concentrándose en torno suyo, amenazante quizá, como todo
lo indeterminado: el remedo usurpador de otra persona, la verdadera. Porque no tenía
aún necesidad de hacer recuerdo alguno ni de sí misma, ni de nadie, ni de nada;
o más bien, antes que innecesario era peligroso que lo hiciera, sí, una monstruosidad
de su parte esperar de ella una señal de reconocimiento; sumamente peligroso que
en esa cabecita –bastaba para contenerla el hueco de las manos– se abriera interiormente
una fisura y madurara y se corrompiera en un punto, dando lugar a la piadosa, melancólica
operación de la memoria, resumidero de ese otro mundo en el que éste termina por
convertirse en último término.
Así y todo no se
resignaba a ser un extraño, a parecerlo. Por lo menos, la niña –qué idea absurda–
no advertiría al despertar que él estaba allí, de visita, aun cuando lo viera por
primera vez. Nunca sabría –pero, ¿cómo iba a saber esto o lo otro?– que había sido
ese un día domingo, como si las guaguas no vegetaran delicadamente en un perpetuo
domingo innominado, inmemorial, irrecuperable.
De modo que procedió
a caracterizarse de sí mismo, a encubrir y alterar su aspecto dominical, a semejanza
de esos artistas de circo demasiado pobres, cuya elegancia, por desarrapados que
sean, siempre será superior a la que lucen en público, bajo una luz parpadeante.
Él era, más bien,
el tony del circo.
Y su hija, una de
esas damas imponderables que asisten alguna vez irónicamente a un espectáculo grotesco.
A esos extremos
de sentimentalismo barato podía llegar, también él. Y no solo fantasiosamente. Pero
eso no era lo peor. ¿De qué extraña mezcla de sentimientos obtenía el amor paternal,
químicamente puro?
Buscaba las zapatillas
en el clóset, creando allí un caos a su imagen y semejanza.
Porque en esa escena
inimaginable pero real, de una torpeza definitiva, no había actuado él con autenticidad.
Cierto es que estaba algo bebido. Pero, ¿cuándo no estaba predispuesto a estarlo?
El caos se extendía
ahora al cuarto de baño. Tampoco allí estaban las zapatillas.
Se disputaban con
Norma a la guagua. En un momento en que a él le parecía lógico llevársela consigo.
Y en un momento
de ofuscación mayor se la habían disputado… físicamente. Oh, nada más que una ligerísima
sacudida al pasar de unos brazos a otros, la transmisión de un golpe en una mano,
no enteramente reprimido, esa especie de ruido que se hace cuando se habla tácitamente
a gritos, como si el cuerpo se cargara de energía centrífuga. Pero la guagua había
soltado un llanto de segundos, más elocuente que cualquier sermón al respecto.
Las zapatillas.
Entonces, había
renunciado a “su” derecho.
Hasta los doce años
–recordó– los niños de una pareja separada pertenecen legalmente a la madre –expresiones
sarcásticas– a menos que…
Y él no era sino
el padre de la criatura. Solo el padre. Pero todos los límites se rompen alguna
vez y “ello” vuelve a estar allí, en lugar de uno, como en el séptimo día de la
creación. La posibilidad del hombre antecediéndolo furiosamente. Ni siquiera un
animal. Algo más bestial aún que una pequeña fiera lúcida, agazapada en el barro.
El barro mismo incorporándose lúcidamente erizado de miedo y de crueldad. Sin edad,
ni sexo, ni condición, ni nada.
Un espectáculo deprimente.
No había renunciado
al derecho de hacer una escena absurda de ésas que es posible sorprender cuando
se espían distraídamente las ventanas del edificio vecino. Pero cuyo sentido debe
escapársenos. La vista resbala por ese cuadro y busca otro de un significado inequívoco:
una mujer que se desnuda frente al espejo del tocador.
Cómo duermen, qué
minuciosamente duermen los recién nacidos. Un sueño en blanco donde empieza a formarse
un remedo de imagen, como la nata en el tazón de leche. Profundo, pero sensible
al menor ruido, como si la luz misma lo hiciera. Un sueño visible casi, que se puede
tocar a distancia. Plegándose y desplegándose.
Y qué soledad era
la suya ahora. Más absoluta y pasiva y sensible. Le parecía irradiarla: una señal
de santidad: el signo de una gran desgracia.
Se tendió en la
cama, junto a la cuna, en su féretro. Vestía una vieja bata de baño que compartiera
con su mujer, parte esencial del disfraz con que engañaba apenas al tiempo. Encendió
algo así como su último cigarrillo, a pesar de sus reiteradas advertencias a Norma
en el sentido de que no fumara junto a la niña. Pero esos eran los recuerdos de
otros días, un poco de humo en el interior de otros cuartos, la disipación de sus
viejas obsesiones en una imperceptible corriente de sol y aire muertos.
¿Dónde estaría ella,
que no lograba ponerlo en la situación aflictiva del celoso, a la espera?
En ninguna parte
ya, para él. Con no importaba quién, en cualquier parte.
Y allí, de alguna
manera, a su lado. Reducida a su expresión más tierna. Mínima. Para evitarle todo
esfuerzo por recordarla que no fuera el simple refluir de ciertas imágenes indoloras,
vacías y nítidas.
Sus encuentros,
primeramente de azar. Luego, casuales. Por último, deliberados. Pero siempre un
poco orgullosamente azarosos. Es que la desconfianza había sido el signo constante
de su unión. Demasiado libre. Una lucha por romperla aquí y allá. Una guerra de
nervios.
Se habían casado
para prolongar esa lucha en un terreno más firme, donde los golpes dolieran más
a fondo. Para asegurársela.
Y, naturalmente,
sin tener él dónde caerse muerto. De no mediar la ayuda de su familia que llegaba
a tierras inhóspitas. Misión en una isla de salvajes.
Ella trasladaba
su cama al otro lado de la pieza. Cada uno en su ángulo. Y era capaz de espaciar
un silencio rencoroso durante una semana seguida.
Él volvía a llegar
tarde a esas malditas piezas de casas de huéspedes para romper ese silencio, arrojando
al suelo la lámpara de velador con una violencia en la que no se reconocía. Y también,
por cualquier motivo.
Cambios de palabras
al amanecer, en una atmósfera lívida, como de tiza húmeda. Insultos de los que solo
se escuchan al pasar, por una calle dudosa.
Había sido una broma
esa, en principio. Luchar cuerpo a cuerpo, a la hora del té de las tres de la mañana,
mientras cantaba un gallo poseso, demasiado próximo, en alguna parte. Pero la broma
había empezado a adquirir una absurda, ridícula seriedad, como en un sueño pesado
del que se despierta a gritos.
Y tantas otras cosas.
Todas ellas reducidas
a simples imágenes entrecortadamente precisas, fluyendo a pedazos en la descomposición
de un rompecabezas que no se pretende resolver.
Bostezó simbólicamente,
apagando a tientas su cigarrillo en el suelo. Tenía un sueño de meses incorporado
al cuerpo, como una enfermedad.
¿Por qué no dormir
ahora que se vivía en paz? Unas cuantas escaramuzas, bien que se libraran aún aquí
y allá. Cualquier batalla seria estaba perdida entre enemigos diezmados que ya ni
siquiera se reconocen.
La niña lo estaba
buscando con la vista.
Sintió un rápido
peso en la boca del estómago, esa extrañeza de la propia respiración, una voz de
alarma.
El canastillo crujió
otra vez, lleno de vida y entre una miniatura de manos aferradas al borde, volvió
a emerger, en un esfuerzo increíble el rostro casi entero de su hija, mirándolo
despaciosamente, con inteligencia.
De pie, el gigante
cubría ahora la cuna, inclinándose sobre ella, los brazos separados. La bata de
baño semejaba las alas raídas de un viejo ángel de la guarda venido a menos. Trataba
de sonreír con naturalidad, como si siempre hubiera estado allí, en su lugar. Era
feliz de un modo torpe como si verdaderamente hubiese cometido errores imperdonables
en el desempeño de su tarea y se lo llamara, sin embargo, a hacerse cargo de ella,
inmerecidamente limpio de toda culpa.
La niña lo había
reconocido, al parecer. Ni el menor gesto de extrañeza o de rechazo. Emitía una
especie de canto hablador, informativo. Luego, emprendió metafóricamente el vuelo,
desplegando los brazos y las manos en un aleteo.
A esa edad, son
como los pájaros –le habían dicho– felices. Siempre que lo tengan todo a su hora.
El hambre las hace desdichadas, a distancia. Su propia humedad mordiente. Un sí
es no es de frío o de calor. La insistencia con que cierta mosca de torcidos instintos,
vuelve a posarse imprudentemente en un mismo punto, sobre la piel. El llanto de
otra guagua en la pieza vecina. Tantos accidentes infinitesimales confabulados en
contra de esa inmensa alegría más frágil y liviana que una plumilla de cardo.
Y los grandes accidentes,
siempre imprevisibles, de alguna manera.
¿Con qué derecho
era tan desvalida?
Se había puesto
repentinamente seria.
Ambos estaban serios,
absorbidos el uno en el otro de modo tan distinto, pero con el mismo asombro que
acompaña a una reflexión inexpresable.
En el séptimo día
de la creación.
En la prehistoria
del pensamiento.
En vísperas de la
invención del lenguaje.
Es que ahora él,
contra toda lógica, le reprochaba algo. Quizás el que no supiera llamarlo aún por
su nombre y lo hubiese recibido como a cualquier otro gigante de buena voluntad.
La niña, por su
parte, se había apoderado de una de sus manos, desprendiéndosela del resto del cuerpo
y parecía querer examinar por dentro el mecanismo de ese juguete comestible.
Establecer con ella
una relación “única, necesaria, insubstituible”.
Dobló el índice
que la guagua había logrado llevarse a la boca, para que lo mordiera en la articulación.
Higiene. Uno no
terminaba nunca de lavarse las manos cuando se era padre de familia.
Guardaría esa mordedura
de recuerdo. Nunca se sabe a qué grado de insensibilidad puede llegarse, cuando
uno lleva un monstruo adentro.
La niña lo miraba
de soslayo, con malicia. ¿De dónde le venía esa inteligencia? Norma y él habían
sido un par de estúpidos mientras la esperaban. Y era esa una pregunta: ¿te duele?
Una respuesta: lo creo a medias. Una petición: ¿Puedo seguir haciéndolo? Una amenaza:
lo haré de todos modos. Y una duda condescendiente, burlona: pero quizás, si es
cierto que no puedes resistirlo…
Se estaba poniendo
“chocho” al llegar a los treinta años. Él, que no había deseado nunca un hijo para
sí mismo. La falta de nuevas amistades, a lo mejor. Ese vacío en su pieza cuando
llegaba tarde a casa, peor que nada.
Con la niña en brazos
recorría kilómetros en redondo. Y hasta cierto punto tenía la impresión de que no
llegaban a ninguna parte, huyendo de quién sabe qué. O aventurándose en otro planeta,
baldío. A su paso rodaban objetos familiares por el suelo, las cosas perdían algo
de su utilidad y empezaban a vivir de una vida propia, inservible, como la suya.
Su compañera de viaje, insistía en detenerse aquí y allá, para apoderarse de algún
accidente del camino. Inservible todo. Nada para llevarse de veras a la boca. Frutos
que no eran sino manchas en las paredes, fotografías que a ninguno de los dos le
recordaban nada.
Hizo un alto para
mudar a su jinete.
Operación muy delicada
cuando se tienen cascos en lugar de manos y un miedo enfermizo a las corrientes
de aire.
No se avergonzaba
ya de hablar solo con ella, en voz alta: habían llegado juntos a otro planeta.
Pero, mientras le
preparaba algo de comer –las instrucciones no le parecían ahora demasiado precisas,
tan olvidadizo era– lo invadió súbitamente un cansancio horrible. Traspiés. Descendía
a la realidad, como en un aterrizaje forzado, sin destino.
Cucharaditas. Dos
cucharaditas y media de azúcar.
Limón. ¿Dónde lo
había dejado en ese momento mismo?
Entretanto, su mujer…
Y era un día domingo,
por la tarde. También para él que tampoco estaba dispuesto –menos que nadie– a…
Menudos objetos
imprescindibles, escondiéndose entre platos sucios.
La leche lo salpicaba,
como si alguien la pasara a llevar, una y otra vez.
Había dicho vino
y pisco alargando las “íes”, insidiosamente.
Pues bien. Vino
para él. A la salud de sus incontables errores. Para reanimar a los fantasmas.
Que ella no se pareciera
a ninguno de los dos. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.
Que se le pareciera,
a hurtadillas, en un solo sentido. Tal vez, el de su asombro irreductible frente
a las cosas, por más que intentase entenderlas para controlarlo. Ese sombrío sentimiento
de la impotencia exultante de todo conocimiento que no brotara del corazón, a merced
de todas las contradicciones, sombrío y exultante.
Agua de arroz, doscientos
gramos.
El terreno firme
de la realidad. La continua proximidad del abismo, de nuestra única certidumbre,
obtenida vertiginosamente como en los sueños. Ellos nos devuelven a la realidad
original, esa especie de locura que se obtiene cuando la lógica es puesta a prueba,
llevándosela hasta sus consecuencias extremas. El terreno firme.
Se tambaleaba a
conciencia, ligeramente.
Moriría, no importa
cuándo, antes de tiempo.
Los hijos deben
enterrar a sus padres y emprender una vida de su exclusividad.
Sobre todo la niña,
no ganaría nada con parecérseles.
Pero que algo suyo
pasara a ella. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.
¿Cómo llamarlo?
Era apenas la murmuración
de un impulso dudosamente generoso, en el que se abría ese silencio murmurador del
día domingo, en cierto modo lesivo para él, que tampoco estaba allí en su verdadero
lugar, convertido por obra y gracia de sus incontables errores en un pobre hombre
que releva a su mujer, mientras ella… en una torpe niñera de sexo masculino.
Había roto un plato
que pareció gritarle: “Estúpido”.
La guagua empezaba
a llorar de hambre. Razonablemente.
Paternidad.
Buen tema para un
pintor justamente olvidado. Posaba para él a un siglo de distancia, con la guagua
en las rodillas, dándole la interminable mamadera. Los ojos de la niña eran de un
azul inexpresivo, velados por un aliento lechoso. No lo veía ya. Se entregaba al
placer de la succión. Solo las aletillas del respingo de nariz exteriorizaban su
ávida actividad secreta.
Qué soledad la suya.
La de un juguete viejo, en el cuarto de guardar. Le parecía irradiarla. Una señal
de inutilidad, el signo de su condición absurda.
Gracias a esa botella
de vino eran las cinco y media de la tarde.
Sus invenciones
fracasaban, unas tras otras. Se distraía de ellas y la niña buscaba cómo entretenerse
por su cuenta, de modo efectivo. La aburría con trucos gastados: haciendo sonar
un cascabel, dibujando en el aire cualquier cosa, alzándola por encima de su cabeza.
Ella quería arrojar al suelo objetos quebradizos o succionar objetos metálicos o
destruir papeles que se conservan. Parecía molestarse con él, cuando se lo impedía
a medias y si lograba ponerle las manos en la cara lo tironeaba de la nariz, de
los labios, seriamente, como para desquitarse. No se dejaba acariciar. Prefería
relacionarse con el mundo propinándole golpes finitos, llenos de vivacidad. Estaba
irritada. Acaso tenía sueño. Él le era indiferente.
La acostó con prolijidad.
El sueño que la rondaba, volvió a respirarse a su alrededor, casi visible, alejándolo
de ella amablemente, como se hace salir a un visitante inoportuno con el pretexto
de acompañarlo a su casa. ¿Por qué no le proporcionaba una diversión inolvidable,
aguzando todo el ingenio de que era capaz?
Absurdo, absurdo.
Bebía ahora del
fuerte, sin moderación, desesperado.
Empezó a atardecer
copiosamente. La obscuridad entraba a sacos, como para hacerlo desaparecer, antes
de que alcanzara a encender la luz. Y él no atinaba a moverse, paralizado por la
tentación de incorporarse a la obscuridad, ayudándola a barrer con él.
¿Qué idea era ésa
a la que pretendía darle forma, solo por hacer algo? Releyó su escrito hasta el
cansancio y cada vez le resultaba más inmotivado, menos inteligible. Uno de esos
poemas suyos que nacían muertos, en los que todas las palabras, trabajosamente ensartadas
en un hilo de araña, se desprendían por fin, unas de otras, para mostrarse en su
miserable abundancia. Ni un asomo de vida, nada más que el propósito de aprovechar
el tiempo, ciertas lecturas, alguna ocurrencia, y alimentar su vanidad y ahuyentar
sus obsesiones.
¿Pero cómo podía
dar rienda suelta a todo eso, mientras se acercaba la hora de irse? No volvería
a verla en varios días, y esos días sumarían años.
Todo por culpa de
Norma.
Sí, sí. Había inocencia
y culpabilidad en toda esa vieja historia podrida, como en un folletín. Y él era
inocente, debía serlo. Estaba en desventaja.
Sus celos abstrusos,
sus exigencias, su pretensión de estar siempre en lo justo. Esa nobleza de sentimientos
de la que hacía alarde, en un silencio rencoroso, para abrumarlo. Su “feminismo”,
como si el hombre y la mujer fueran ocasionalmente lo uno o lo otro, y luchasen
con las mismas armas, disputándose el mismo pedazo de terreno, palmo a palmo. Su
cara. Sí, todo entra en el juego, cuando se pasan a llevar sus reglas. Hasta los
objetos toman un partido y participan en la lucha.
Se paseaba por la
pieza como un animal enjaulado. Era injusto. Tenía que serlo. Se le iban las manos
en todas direcciones.
Fue como si hubiera
echado a correr, en la obscuridad. Porque tropezó de pronto violentamente con la
cama y se desplomó sobre ella, acezante. La deshizo, apelotonándolo todo, como para
dar cuerpo al enemigo. Y lo desbarató a golpes, lanzando sus restos al aire. Lo
pisoteaba en el suelo, sin ruido. Pero la niña había despertado en la pieza vecina
y daba señales de inquietud. La proximidad de un monstruo suelto, flotando en el
aire. No podía acercarse a ella ahora. Se arrodilló blandamente en el suelo, conteniendo
la respiración. Hasta que escuchó de nuevo solo voces en su conciencia, risas de
extraños que lograban entrar allí, para burlarse de él, por una puerta falsa. Y
muy a lo lejos, esa especie de llamado consolador que uno cree oír, cuando no se
desea otra cosa que un poco de paz, a cualquier precio.
Lloraba.
¿Para qué negarlo?
Era un caso perdido.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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