Ricardo Palma
A Casimiro
Prieto Valdés
Principio, principiando;
principiar quiero
por ver si principiando
principiar puedo.
In
diebus illis, digo, cuando yo era muchacho, oía con frecuencia
a las viejas exclamar, ponderando el mérito y precio de una alhaja: –¡Esto vale
tanto como el alacrán de fray Gómez!
Tengo una chica, remate de lo bueno, flor de
la gracia y espumita de la sal, con unos ojos más pícaros y trapisondistas que un
par de escribanos:
chica que se parece
al lucero del alba
cuando amanece.
Al cual pimpollo he bautizado, en mi paternal
chochera, con el mote de alacrancito de fray Gómez. Y explicar el dicho de las viejas
y el sentido del piropo con que agasajo a mi Angélica, es lo que me propongo, amigo
y camarada Prieto, con esta tradición.
El sastre paga deudas con puntadas, y yo no
tengo otra manera de satisfacer la literaria que con usted he contraído que dedicándole
estos cuatro palotes.
I
Éste era un
lego contemporáneo de don Juan de la Pipirindica, el de la valiente pica, y de San
Francisco Solano, el cual lego desempeñaba en Lima, en el convento de los padres
seráficos, las funciones de refitolero en la enfermería u hospital de los devotos
frailes. El pueblo lo llamaba fray Gómez, y fray Gómez lo llaman las crónicas conventuales,
y la tradición lo conoce por fray Gómez. Creo que hasta en el expediente que para
su beatificación y canonización existe en Roma, no se le da otro nombre.
Fray Gómez hizo en mi tierra milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos
y como quien no quiere la cosa. Era de suyo milagrero, como aquel que hablaba en
prosa sin sospecharlo.
Sucedió que un día iba el lego por el puente, cuando un caballo desbocado
arrojó sobre las losas al jinete. El infeliz quedó patitieso, con la cabeza hecha
una criba y arrojando sangre por la boca y narices.
–¡Se descalabró! ¡Se descalabró! –gritaba la gente–. ¡Qué vayan a San Lorenzo
por el santo óleo!
Y todo era bullicio y alharaca.
Fray Gómez acercose pausadamente al que yacía en tierra, púsole sobre la
boca el cordón de su hábito, echole tres bendiciones, y sin más médico ni más botica,
el descalabrado se levantó tan fresco, como si el golpe no hubiera recibido.
–¡Milagro, milagro! ¡Viva fray Gómez! –exclamaron los infinitos espectadores.
Y en su entusiasmo intentaron llevar en triunfo al lego. Éste, para sustraerse
a la popular ovación, echó a correr camino de su convento y se encerró en su celda.
La crónica franciscana cuenta esto último de manera distinta. Dice que fray
Gómez, para escapar de sus aplaudidores, se elevó en los aires y voló desde el puente
hasta la torre de su convento. Yo ni lo niego ni lo afirmo. Puede que sí y puede
que no. Tratándose de maravillas, no gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas.
Aquel día estaba fray Gómez en vena de hacer milagros, pues cuando salió de su celda
se encaminó a la enfermería, donde encontró a San Francisco Solano acostado sobre
una tarima, víctima de una furiosa jaqueca. Pulsolo el lego y le dijo:
–Su paternidad está muy débil, y haría bien en tomar algún alimento.
–Hermano –contestó el santo–, no tengo apetito.
–Haga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocado.
Y tanto insistió el refitolero, que el enfermo, por librarse de exigencias
que picaban ya en majadería, ideó pedirle lo que hasta para el virrey habría sido
imposible conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo.
–Pues mire, hermanito, solo comería con gusto un par de pejerreyes.
Fray Gómez metió la mano derecha dentro de la manga izquierda, y sacó un
par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar.
–Aquí los tiene su paternidad, y que en salud se conviertan. Voy a guisarlos.
Y ello es que con los benditos pejerreyes quedó San Francisco curado como
por ensalmo. Me parece que estos dos milagritos de que incidentalmente me he ocupado
no son paja picada. Dejo en mi tintero otros muchos de nuestro lego, porque no me
he propuesto relatar su vida y milagros. Sin embargo, apuntaré, para satisfacer
curiosidades exigentes, que sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro,
que hasta hoy sirve de enfermería, hay un lienzo pintado al óleo representando estos
dos milagros, con la siguiente inscripción:
“El venerable Fray Gómez. –Nació en Extremadura en 1560. Vistió el hábito
en Chuquisaca en 1580. Vino a Lima en 1587. –Enfermero fue cuarenta años, ejercitando
todas las virtudes, dotado de favores y dones celestiales. Fue su vida un continuado
milagro. Falleció el 2 de mayo de 1631, con fama de santidad. En el año siguiente
se colocó el cadáver en la capilla de Aranzazú, y en 13 de octubre de 1810 se pasó
debajo del altar mayor, a la bóveda donde son sepultados los padres del convento.
Presenció la traslación de los restos el señor doctor don Bartolomé María de las
Heras. Se restauró este venerable retrato en 30 de noviembre de 1882, por M. Zamudio”.
II
Estaba una mañana
fray Gómez en su celda entregado a la meditación, cuando dieron a la puerta unos
discretos golpecitos, y una voz de quejumbroso timbre dijo:
–Deo gratias… ¡Alabado sea el Señor!
–Por siempre jamás, amén. Entre, hermanito –contestó fray Gómez.
Y penetró en la humildísima celda un individuo algo desharrapado, vera
efigies del hombre a quien acongojan pobrezas, pero en cuyo rostro se dejaba
adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.
Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta,
una mesa mugrienta y una tarima sin colchón, sin sábanas ni abrigo, y con una piedra
por cabezal o almohada.
–Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le trae –dijo
fray Gómez.
–Es el caso, padre, que yo soy hombre de bien a carta cabal.
–Se le conoce y que persevere deseo, que así merecerá en esta vida terrena
la paz de conciencia, y en la otra la bienaventuranza.
–Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi comercio
no cunde por falta de medios, que no por holgazanería y escasez de industria en
mí.
–Me alegro, hermano, que a quien honradamente trabaja, Dios le acude.
–Pero es el caso padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme
tarda…
–No desespere, hermano, no desespere.
–Pues es el caso, que a muchas puertas he llegado en demanda de habilitación
por quinientos duros, y todas las he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el
caso que anoche, en mis cavilaciones, yo mismo me dije a mí mismo: “¡Ea!, Jeromo,
buen ánimo y vete a pedirle el dinero a fray Gómez, que si él lo quiere, mendicante
y pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro”. Y es el caso que aquí
estoy porque he venido, y a su paternidad le pido y ruego que me preste esa puchuela
por seis meses, seguro que no será por mí por quien se diga:
En el mundo hay devotos de ciertos santos:
la gratitud les dura lo que el milagro;
que un beneficio da siempre vida a ingratos desconocidos.
–¿Cómo ha podido
imaginarse, hijo, que en esta triste celda encontraría ese caudal?
–Es el caso, padre, que no acertaría a responderle; pero tengo fe en que
no me dejará ir desconsolado.
–La fe lo salvará, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio
un alacrán que caminaba tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez
arrancó una página del libro viejo, dirigiose a la ventana, cogió con delicadeza
a la sabandija, la envolvió en el papel y tornándose hacia el castellano viejo le
dijo:
–Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita; no olvide, sí, devolvérmela dentro
de seis meses.
El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de fray Gómez
y más que de prisa se encaminó a la tienda de un usurero. La joya era espléndida,
verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo menos. Era un prendedor figurando
un alacrán. El cuerpo lo formaba una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y
la cabeza un grueso brillante con dos rubíes por ojos.
El usurero, que era un hombre conocedor, vio la alhaja con codicia, y ofreció
al necesitado adelantarle dos mil duros por ella; pero nuestro español se empeñó
en no aceptar otro préstamo que el de quinientos duros por seis meses, y con un
interés judaico, se entiende. Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas
de estilo, acariciando el agiotista la esperanza de que a la postre el dueño de
la prenda acudiría por más dinero que con el recargo de intereses lo convertiría
en propietario de joya tan valiosa por mérito intrínseco y artístico.
Y con este capitalito fuele tan prósperamente en su comercio, que a la terminación
del plazo pudo desempeñar la prenda y, envuelta en el mismo papel que la recibiera,
se la devolvió a fray Gómez.
Éste tomó el alacrán, lo puso sobre el alféizar de la ventana, le echó una
bendición y dijo:
–Animalito de Dios, sigue tu camino.
El alacrán echó a andar libremente por las paredes de la celda.
(Tomado
de www.litgloss.buffalo.edu)
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