jueves, 29 de octubre de 2026

El secreto

Junichiro Tanizaki

 

Por una idea caprichosa que se me ocurrió en aquella época, decidí apartarme del bullicioso ambiente que me había rodeado hasta entonces y escapar discretamente del círculo de hombres y mujeres con quienes, por una u otra razón, seguía relacionándome. Busqué por todas partes un escondite apropiado hasta que, después de muchas vueltas, encontré un templo de la secta Shingon en los alrededores de Matsuba-chō, en Asakusa, y finalmente conseguí alquilar una habitación en las dependencias de los monjes.

El templo estaba junto al canal de Shinbori, más allá del puente Kikuyabashi, siguiendo en línea recta por detrás del Monzeki, al pie de la Torre de los Doce Pisos, en medio de un barrio Obscure de calles fastidiosamente enmarañadas. A un lado de aquel laberinto de viviendas miserables, desparramado por toda la zona como si alguien hubiera volcado una caja de desperdicios, se extendía una larga tapia de tierra de color amarillo anaranjado. El conjunto tenía un aire de recogimiento, de gravedad y de tristeza.

Desde el principio había pensado que, en vez de retirarme a algún suburbio como Shibuya u Ōkubo, sería mejor encontrar, en plena ciudad, algún rincón olvidado y extrañamente desolado. Así como en un arroyo de montaña se forman remansos entre los rápidos, también debían de existir, entre las calles atestadas de los barrios populares, callejuelas silenciosas, casi nunca transitadas, salvo en circunstancias extraordinarias o por algún personaje singular.

Al mismo tiempo, se me ocurrió otra cosa:

Me gustaba mucho viajar. Había recorrido Kioto, Sendai y Hokkaidō, y había llegado incluso hasta Kyūshū. Y, sin embargo, aunque había nacido en Ningyōchō y llevaba veinte años viviendo en Tokio, estaba seguro de que en la ciudad quedaban calles en las que jamás había puesto un pie. Y debían ser muchas más de las que imaginaba.

Entre las innumerables calles y callejuelas que formaban un intrincado panal en los barrios populares de la ciudad, ya no sabía si eran más las que había recorrido o las que todavía desconocía.

Debía de tener once o doce años cuando fui una vez con mi padre al santuario de Hachiman, en Fukagawa.

–¿Qué te parece si cruzamos el río en la barca y te invito a comer los famosos fideos de soba de Komeichi, en Fuyuki? –me dijo.

Y me llevó detrás del edificio principal del santuario. Allí corría un río que no se parecía en nada a los canales de Koamichō y Kobunachō: era estrecho, de orillas bajas y tan crecido que parecía a punto de desbordarse. Fluía lenta y pesadamente, abriéndose paso entre los aleros de las casas apiñadas en ambas riberas. Una pequeña barca iba y venía entre embarcaciones de carga y barcazas, algunas aparentemente más largas que el ancho del propio río, alineadas unas detrás de otras. Al barquero le bastaban dos o tres impulsos de la pértiga contra el fondo para cruzarlo.

Hasta aquel día había visitado muchas veces el santuario de Hachiman, pero nunca se me había ocurrido pensar qué podía haber detrás de él. Siempre contemplaba el edificio desde la entrada principal, a través del torii, y probablemente había llegado a imaginarlo como una de esas pinturas panorámicas que solo tienen fachada, sin nada detrás, como si el paisaje terminara allí. Ahora se abrían ante mis ojos aquel río, el embarcadero y, más allá, una extensión de tierra que se prolongaba hasta perderse de vista. Aquel espectáculo misterioso me parecía más alejado de Tokio que Kioto u Osaka, semejante a uno de esos mundos que encontramos a menudo en sueños.

Después traté de imaginar qué clase de barrio habría justo detrás del pabellón de Kannon, en Asakusa. Desde la calle Nakamise recordaba perfectamente el inmenso tejado del templo pintado de rojo, pero no conseguía representarme nada más. A medida que crecía y se ampliaban mis relaciones, visitaba casas de conocidos, salía a contemplar los cerezos en flor o a divertirme y acabé recorriendo, según creía, todos los rincones de Tokio. Y, aun así, todavía tropezaba a menudo con alguno de aquellos extraños mundos aparte que me habían sorprendido de niño.

Pensando que aquellos mundos aparte serían los escondites ideales, me empeñé en dar con ellos. Y cuanto más recorría la ciudad en su busca, más lugares hasta entonces desconocidos surgían a mi paso. Había cruzado innumerables veces los puentes de Asakusabashi e Izumibashi, pero jamás el de Saemonbashi, situado entre ambos. Para ir al teatro Ichimuraza, en Nichōmachi, siempre me desviaba a la derecha desde la calle del tranvía, en la esquina de una tienda de soba. En cambio, nunca había recorrido las dos o tres manzanas que conducían desde la fachada del teatro, en línea recta, hasta el Yanagimoriza. Tampoco recordaba bien cómo era la ribera que se extendía a la izquierda, desde el extremo del antiguo puente Eitai, en la orilla derecha. Y, por lo visto, aún quedaban muchos lugares desconocidos para mí en los alrededores de Hatchōbori, Echizenbori, Shamisenbori y Sanyabori.

De todos ellos, el barrio del templo de Matsuba-chō era el más singular. Me encantó descubrir, a un paso del Sexto Distrito de Asakusa y de Yoshiwara, una zona que parecía solitaria y abandonada, apenas doblar una esquina. Había abandonado a mi inseparable viejo amigo, aquel “Tokio ostentoso, lujoso y, al mismo tiempo, vulgar”. Me divertía poder ocultarme allí y observar tranquilamente, desde la distancia, su agitación.

No me había retirado para dedicarme al estudio. Por entonces, mis nervios eran como una lima que, de tan gastada, hubiera perdido todo su filo: nada conseguía impresionarme si no tenía un colorido violento, una crudeza casi brutal. Ya no podía apreciar las grandes obras de arte ni la cocina más exquisita, que exigen una sensibilidad capaz de distinguir los matices más delicados. Tenía el ánimo tan endurecido que ya no lograba admirar el talento de los cocineros de las casas de té, cuya cocina representaba lo más refinado del gusto de los barrios populares, ni la maestría de actores como Nizaemon y Ganjirō. Los placeres habituales de la ciudad me dejaban indiferente. Se me había vuelto insoportable aquella vida ociosa y sin atractivo que, por pura inercia, seguía repitiéndose día tras día. Anhelaba encontrar un Mode of life extravagante y artificial, que rompiera por completo con todas las viejas costumbres.

¿No habría algo extraño, monstruoso, capaz de hacer temblar unos nervios acostumbrados a todos los estímulos corrientes? ¿No sería posible vivir inmerso en una atmósfera salvaje, absurda y fantástica, apartada de la realidad? Mi espíritu vagaba entonces por el mundo de las antiguas leyendas de Babilonia y Asiria, dejaba volar la imaginación con las novelas policíacas de Conan Doyle y Kuroiwa Ruikō, suspiraba por las tierras abrasadas y los campos verdes de los trópicos, bañados por un sol feroz, y añoraba las travesuras excéntricas de mi niñez.

Pensé que el simple hecho de desaparecer inesperadamente del bullicioso mundo y mantener mis actos en secreto, aun sin ningún propósito, bastaría para dar a mi vida cierto color misterioso y romántico. Desde niño había aprendido a saborear el encanto de los secretos. Juegos como las escondidas, la búsqueda de tesoros o el del monjecillo del té resultaban especialmente divertidos cuando se jugaban de noche, en un cobertizo apenas iluminado o delante de las puertas dobles de un armario. Sin duda era porque en ellos se ocultaba aquella atmósfera enigmática que llamamos “secreto”.

Me había escondido deliberadamente en un rincón perdido de los barrios populares, donde nadie pensaría en buscarme, porque quería experimentar una vez más la emoción infantil de jugar a las escondidas. También favorecía mi curiosidad y alimentaba mis fantasías el hecho de que el templo perteneciera a la secta Shingon, tan estrechamente relacionada con los “secretos”, los “conjuros” y las “maldiciones”. Mi cuarto se encontraba en un ala recién construida de las dependencias del templo. Era una habitación de ocho tatamis, orientada al sur. Los tatamis, algo tostados por el sol y de un tono parduzco, transmitían una agradable sensación de calma y calidez. Pasado el mediodía, el suave sol otoñal ardía sobre las puertas de papel de la galería como la luz de una linterna mágica, y toda la estancia resplandecía como una enorme lámpara de papel.

Guardé en un armario todos los libros de filosofía y arte que hasta entonces me habían acompañado, y esparcí por el cuarto, como si los hubiera sacado a airear durante la canícula, volúmenes llenos de historias extrañas e ilustraciones sobre magia, hipnotismo, detectives, química y anatomía. Me tendía en el suelo y los leía con avidez, abriendo uno tras otro, al azar. Había entre ellos The Sign of Four, de Conan Doyle, Murder, Considered as one of the fine arts, de De Quincey, cuentos maravillosos como los de Las mil y una noches y hasta un curioso libro francés de Sexuology.

Insistí hasta conseguir que el superior del templo me prestara unas antiguas pinturas budistas que guardaba celosamente: representaciones del infierno y del paraíso, del monte Sumeru, del Buda en el nirvana y otras imágenes semejantes. Las colgué por todas las paredes sin seguir ningún orden, como los mapas que se ven en las salas de profesores de las escuelas. Del incensario colocado en el tokonoma se elevaba constantemente una columna recta y silenciosa de humo violeta, que impregnaba de fragancia la habitación clara y cálida. A veces iba a una tienda junto al puente Kikuyabashi a comprar sándalo o madera de áloe para quemarlos allí.

En los días despejados, cuando la luz deslumbrante del mediodía bañaba las puertas de papel, el interior ofrecía un espectáculo extraordinario. De las viejas pinturas de espléndidos colores parecían salir nadando en aquella claridad los budas, los arhats, los monjes y monjas, los fieles laicos de ambos sexos, los elefantes, leones y criaturas fabulosas llamadas kirin. De los innumerables libros arrojados sobre los tatamis surgían matanzas, anestésicos, drogas mágicas, mujeres demoníacas, religiones: toda clase de títeres que se mezclaban con el humo del incienso y flotaban en una bruma difusa. En medio de todo aquello extendí una alfombra de fieltro rojo de unos dos tatamis, y allí me pasaba los días tendido, con los ojos fijos y turbios como los de un salvaje, entregado a mis alucinaciones.

Alrededor de las nueve de la noche, cuando casi todos en el templo se habían acostado, bebía directamente de una botella cuadrada de whisky hasta embriagarme. Después quitaba yo mismo uno de los postigos de la galería, saltaba el seto del cementerio y salía a pasear. Para evitar que me reconocieran, cambiaba de aspecto cada noche: me mezclaba con las multitudes del parque o curioseaba ante los escaparates de anticuarios y librerías de viejo. Algunas veces salía con un pañuelo atado a la cabeza y una chaqueta corta de algodón a rayas, calzando sandalias de bambú sobre unos pies desnudos, cuidadosamente limpios, con las uñas pintadas de rojo. Otras llevaba anteojos de cristales ahumados con montura dorada y el cuello levantado de una amplia capa. Me divertía transformar el rostro con bigotes postizos, lunares y manchas en la piel. Pero una noche, en una tienda de ropa usada de Shamisenbori, descubrí un kimono femenino con forro, de fondo azul índigo y estampado con diminutos círculos de distintos tamaños. Desde aquel instante sentí un deseo irresistible de ponérmelo.

Siempre había sentido por las telas y las prendas de vestir una atracción intensa, casi dolorosa, que iba mucho más allá de la simple admiración por un color bonito o por un dibujo elegante. Y no solo me ocurría con la ropa de mujer: cada vez que veía o tocaba una seda hermosa, me daban ganas de abalanzarme sobre ella, temblando, y llegaba a sentir un arrebato de placer semejante al que me producía contemplar la piel de una amante. Había momentos en que incluso envidiaba la suerte de las mujeres, que podían engalanarse a su antojo con las telas que yo tanto amaba –la seda omeshi, el crespón–, sin preocuparse lo más mínimo por lo que dijera la gente.

Aquel kimono de crespón estampado que colgaba lánguidamente, casi vivo, en la tienda de ropa usada… al imaginar el placer de sentir aquella tela húmeda al tacto, pesada y fría, adhiriéndose a mi carne, me recorrió un escalofrío. Quería vestirme con él y pasear por la calle con aspecto de mujer. Decidido a hacerlo, lo compré sin vacilar. También adquirí una túnica interior teñida en yūzen y una chaqueta negra de crespón.

Debían haber pertenecido a una mujer de complexión grande y, como yo era un hombre de poca estatura, me quedaban perfectamente. Cuando ya era tarde y el templo entero permanecía silencioso y desierto, me senté a escondidas delante del tocador y comencé a maquillarme. Al principio, cuando embadurné la piel amarillenta del puente de mi nariz con una espesa pasta blanca, mi rostro adquirió un aspecto algo grotesco. Pero, al extender con la palma de la mano aquella sustancia viscosa y blanquecina por toda la cara, descubrí que se adhería mejor de lo esperado. Sentí un gozo singular cuando la frescura de aquella pasta, como un rocío de aroma dulce, penetró en mis poros. A medida que añadía carmín y polvos de tonoko, mi rostro, hasta entonces inerte y blanco como el yeso, iba adquiriendo las facciones vivas y lozanas de una mujer. ¡Qué divertido resultaba! Comprendí que el arte del maquillaje, que actores, geishas y mujeres practican a diario sobre su propia carne, era mucho más interesante que el de los escritores y pintores.

La túnica interior, el cuello, la falda que se llevaba debajo del kimono, las mangas forradas de seda roja que crujían suavemente, “chuc, chuc”… mi carne recibía todas las sensaciones que experimenta la piel de una mujer corriente. Me blanqueé desde la nuca hasta las muñecas, me puse una peluca con el cabello recogido en el peinado ichō-gaeshi y me cubrí la cabeza con una capucha okoso. Después, armándome de valor, me mezclé con las sombras de la calle.

Era una noche nublada, oscura y amenazante de lluvia. Durante un rato vagué por las calles solitarias y llenas de zanjas de Senzokuchō, Kiyosumichō y Ryūsenjichō. Ni los policías de los puestos de vigilancia ni los transeúntes parecían advertir nada extraño. El viento nocturno acariciaba fríamente mi cara, seca y áspera como si la cubriera una segunda piel. La tela de la capucha que me tapaba la boca se humedecía y calentaba con mi aliento. A cada paso, el largo borde de la falda de crespón se enredaba juguetonamente entre mis piernas. El ancho obi que me ceñía con fuerza desde la boca del estómago hasta las costillas y la faja que sujetaba la prenda sobre la pelvis parecían hacer que por mis venas comenzara a circular sangre de mujer. Poco a poco iban desapareciendo mis gestos y movimientos masculinos.

Al sacar de las mangas de seda estampada mis manos empolvadas de blanco, vi sus líneas fuertes y duras disolverse en la oscuridad, mientras las manos resplandecían, suaves y redondeadas. Yo mismo me quedé prendado de su belleza. Llegué a envidiar a las mujeres que poseían de verdad unas manos así. ¡Qué divertido sería cometer toda clase de delitos con aquel aspecto, como Benten Kozō, el ladrón que se disfraza de mujer en el teatro kabuki! Con esa mezcla de “secreto” y “sospecha” que tanto deleita a los lectores de novelas policiacas y de crímenes, fui acercándome poco a poco al Sexto Distrito del parque, donde se reunía más gente. Conseguí convencerme de que era un hombre que había perpetrado algún crimen atroz, un asesinato o un robo.

Desde la Torre de los Doce Pisos seguí la orilla del estanque hasta la esquina del teatro de ópera. Allí las iluminaciones y los focos de arco eléctrico resplandecían sobre mi rostro cargado de maquillaje, y se distinguían perfectamente los colores y las rayas de mi kimono. Al llegar frente al teatro Tokiwaza, vi mi imagen reflejada en el gran espejo de la entrada de un estudio fotográfico situado al fondo de la calle: entre la muchedumbre que avanzaba en tropel aparecía mi figura, perfectamente disfrazada de mujer.

Bajo la espesa capa de polvos blancos, el secreto de que era un “hombre” quedaba enteramente oculto. Mis ojos y mi boca se movían como los de una mujer y procuraba sonreír como una. Las mujeres que pasaban a mi lado, delante y detrás, desprendiendo el dulce aroma del alcanfor y el tenue susurro del roce de sus vestidos, me consideraban una de las suyas sin sospechar nada. Y algunas parecían envidiar la delicadeza de mis facciones y mi gusto por las prendas antiguas.

El bullicio nocturno del parque, al que estaba tan acostumbrado, me parecía enteramente nuevo ahora que guardaba un “secreto”. Fuera donde fuera, mirase lo que mirase, todo me resultaba sorprendente y extraño, como si lo descubriera por primera vez. Acaso la realidad más vulgar adquiriera unos colores fantásticos y extraños, como los de un sueño, porque, engañando a los ojos de los demás, engañando incluso a la luz eléctrica, oculto bajo los afeites voluptuosos y las ropas de crespón, contemplaba la realidad a través del velo del “secreto”.

Desde entonces repetí el disfraz casi todas las noches. Algunas veces me mezclaba sin vacilar con el público que asistía de pie al teatro Miyatoza o entre los espectadores de las proyecciones cinematográficas. Volvía al templo cerca de la medianoche y, en cuanto entraba en mi habitación, encendía la lámpara de queroseno. Sin quitarme siquiera las ropas que cubrían mi cuerpo fatigado, me dejaba caer sobre el fieltro con una languidez lasciva, contemplando con pesar los colores suntuosos del vestido y agitando sus mangas. Cuando me miraba en el espejo y observaba los restos del maquillaje adheridos a mis mejillas, de piel flácida y poros dilatados, un placer decadente, semejante a la embriaguez de un vino añejo, me invadía el alma. A veces, con las pinturas del infierno y del paraíso de fondo, me tendía boca abajo sobre el futón, con la túnica interior de colores chillones, lánguido como una cortesana, y hojeaba hasta muy entrada la noche aquellos libros extraños. A medida que perfeccionaba mi caracterización me volvía más audaz. Para alimentar mis caprichosas fantasías, salía con una daga o con algún anestésico escondido en el obi. Sin cometer delito alguno, quería aspirar hasta saciarme el hermoso perfume romántico que acompaña al crimen.

Así pasó aproximadamente una semana. Una noche, por uno de esos azares inexplicables, comenzó para mí una aventura todavía más extraña, extravagante y misteriosa.

Aquella noche había bebido más whisky que de costumbre y había subido a uno de los asientos reservados del segundo piso del cine Sanyūkan. Debían ser casi las diez. La sala estaba terriblemente llena. El aire, turbio como una niebla, estaba cargado del vaho tibio que despedía la multitud, una masa negra y compacta que se removía sin cesar. Aquel aliento parecía capaz de pudrirme los polvos del rostro. En la oscuridad, los haces de luz de la película se desplegaban vertiginosamente entre ásperos crujidos y, cada vez que me taladraban las pupilas, sentía que la cabeza, embriagada por el whisky, iba a partirse de dolor. Cuando la imagen desaparecía de la pantalla y las luces se encendían de golpe, recorría con la mirada los rostros que abarrotaban la sala desde la sombra de mi capucha, que me cubría hasta las cejas. Entre las nubes de humo de tabaco, que flotaban sobre las cabezas del público de la planta baja como vapores que ascendieran desde el fondo de un barranco, advertía a muchos hombres que observaban con curiosidad mi capucha anticuada y a mujeres que contemplaban furtivamente, con deseo, los colores elegantes de mi atuendo. Aquella atención halagaba mi vanidad. Entre todas las mujeres de la sala, ninguna parecía atraer tantas miradas como yo, ya fuera por lo insólito de mi atuendo, por la coquetería de mis modales o incluso por mi belleza.

Al principio no había nadie sentado junto a mí, en aquella zona reservada. No sé cuándo llegaron, pero, cuando se encendieron las luces por segunda o tercera vez, advertí que un hombre y una mujer se habían sentado a mi izquierda.

Ella aparentaba veintidós o veintitrés años, aunque en realidad debía de tener veintiséis o veintisiete. Con un peinado de tres bucles y el cuerpo enteramente envuelto en una capa celeste de seda omeshi, dejaba al descubierto únicamente su rostro, como si quisiera que todos admiraran aquella hermosura extraordinaria, tan viva y fresca que parecía recién salida del agua. No podía decidir si era una geisha o una señorita de buena familia, pero, a juzgar por la actitud del caballero que la acompañaba, no parecía una respetable mujer casada.

–…Arrested at last… –murmuró, leyendo un rótulo que aparecía en la película.

Mientras me echaba a la cara el humo fragante de un cigarrillo M. C. C., liado al estilo turco, desde la oscuridad dirigió hacia mí el fulgor de unos grandes ojos que brillaban más que las piedras preciosas de sus anillos.

Aquella voz áspera y gastada, como la de un maestro de shamisen futozao, desentonaba con su aspecto seductor. Pero no cabía duda: era la voz de T., una mujer con la que había tenido una breve relación dos o tres años atrás, cuando la casualidad nos reunió a bordo de un barco rumbo a Shanghái.

Recordaba que ya entonces su modo de vestir y comportarse hacía difícil saber si era una cortesana o una mujer común. El hombre que la acompañaba en el barco no se parecía en absoluto al de aquella noche, ni en el porte ni en el rostro, pero entre uno y otro debía de extenderse una interminable cadena de hombres que atravesaba toda la vida pasada de aquella mujer. En cualquier caso, era evidente que pertenecía a esa clase de mujeres que revolotean sin cesar, como mariposas, de un hombre a otro. Cuando intimamos en el barco dos años atrás, por diversas circunstancias ninguno había revelado al otro su verdadero nombre, su situación ni su domicilio, y así llegamos a Shanghái. Yo había engañado sin mayores miramientos a aquella mujer enamorada de mí y desaparecido sin dejar rastro. Desde entonces, su recuerdo se confundía con el sueño de aquella travesía por el océano Pacífico. Jamás habría imaginado encontrarla en un lugar como aquel. Por entonces tenía una figura algo más redondeada, pero ahora había adelgazado hasta alcanzar una esbeltez casi divina. Sus ojos redondos, húmedos y de largas pestañas, aparecían límpidos como si acabaran de ser lavados, y toda ella irradiaba una autoridad altiva, como si ningún hombre le mereciera la menor consideración. Los labios frescos, de un rojo tan vivo que parecían capaces de manchar de sangre cualquier cosa que tocaran, y la línea del cabello, que descendía casi hasta ocultarle los lóbulos de las orejas, eran los mismos de antes. La nariz, en cambio, me pareció algo más alta y afilada.

¿Me había reconocido? No podía averiguarlo con certeza. Cuando se encendían las luces, se inclinaba hacia su acompañante y coqueteaba con él en voz baja, como si me tomara por una mujer común y no me prestara la menor atención. A decir verdad, al tenerla sentada a mi lado no podía menos que despreciar el disfraz del que hasta entonces me había sentido tan orgulloso. Ante el hechizo de aquella mujer fatal, tan libre en sus expresiones y tan llena de vida, mi maquillaje y mi vestimenta, elaborados con tanto esmero, me hicieron sentir como un monstruo vulgar y repulsivo. Ni en feminidad ni en belleza podía competir con ella. Me marchitaba a su lado, deslucido como una estrella ante la luna.

¡Qué espléndida se veía, recortada con nitidez contra el aire turbio de la sala, mientras sus gráciles manos flexibles, asomando de la capa, nadaban como dos peces! Incluso mientras conversaba con el hombre, de vez en cuando levantaba los ojos soñadores hacia el techo, fruncía el ceño mirando a la multitud que se extendía abajo o sonreía mostrando una hilera de dientes blanquísimos. Cada gesto le confería una expresión enteramente distinta, rebosante de vida. Sus grandes pupilas negras, capaces de comunicar con claridad cualquier sentimiento, brillaban como dos joyas que podían distinguirse desde el rincón más lejano de la planta baja. Todos los rasgos de su rostro poseían demasiada riqueza expresiva para limitarse a ser órganos destinados a ver, oler, oír o hablar. Más que una cara humana, aquel rostro era un dulce cebo dispuesto para tentar el corazón de los hombres.

Ninguna mirada de la sala se dirigía ya hacia mí. Y yo, neciamente, comencé a sentir celos y cólera contra la hermosura de la mujer que me había arrebatado toda la atención. ¡Qué humillación verse eclipsado y pisoteado en un instante por el atractivo de una mujer a quien en otro tiempo había utilizado a mi antojo y luego abandonado! ¿Y si ella me hubiera reconocido y estuviera vengándose deliberadamente con aquella cruel ironía?

Sentí que mis celos por su belleza se transformaban poco a poco en un deseo amoroso. Derrotado en nuestra rivalidad como mujer, quería conquistarla una vez más como hombre, someterla y saborear mi triunfo. Y aquel deseo irresistible me empujaba a lanzarme de pronto sobre su grácil cuerpo, atraparla entre mis manos como entre las garras de un ave de presa y sacudirla.

“¿Sabes quién soy? Esta noche, al verte de nuevo después de tanto tiempo, he vuelto a enamorarme de ti. ¿No querrías estrecharme la mano una vez más? ¿No querrías regresar mañana por la noche a este mismo lugar y aguardarme? Como no deseo revelar mi dirección a nadie, te ruego que vuelvas mañana a esta hora y me esperes aquí”.

Aprovechando la oscuridad, saqué de entre los pliegues del obi una hoja de papel japonés y un lápiz, escribí apresuradamente aquellas palabras y deslicé el mensaje dentro de una de sus mangas. Después volví a observarla fijamente.

Ella contempló la película en silencio hasta que, hacia las once, terminó. Cuando todos los espectadores se levantaron y comenzaron a precipitarse hacia la salida en medio de un gran tumulto, se acercó otra vez a mi oído.

–…Arrested at last… –susurró.

Durante unos instantes fijó en mi rostro una mirada todavía más audaz y confiada que la primera. Luego desapareció entre la gente junto con su acompañante.

“…Arrested at last…”

En algún momento había descubierto mi identidad. Al comprenderlo, me recorrió un estremecimiento.

Pero ¿acudiría sin poner reparos la noche siguiente? Tal vez había cometido una imprudencia al actuar de aquel modo sin calcular la destreza de una adversaria que, por lo visto, había ganado bastante experiencia desde nuestro último encuentro. ¿No le habría entregado una ventaja sobre mí? Regresé al templo atormentado por toda clase de temores y sospechas.

Como de costumbre, empecé a quitarme la ropa para quedarme únicamente con la túnica interior. Entonces cayó de la parte interna de mi capucha un pequeño papel occidental, doblado en cuatro.

“Mr. S. K.”.

Al sostener el papel a contraluz, vi que la tinta de aquellas letras brillaba como la seda tama-kaiki. Reconocí su letra. Durante la proyección se había levantado una o dos veces, como para ir al baño. Debía de haber aprovechado uno de esos momentos para escribir la respuesta e introducirla, sin que nadie lo advirtiera, junto al cuello de mi vestido.

“¿Quién habría imaginado que volvería a verlo en un lugar tan inesperado? Por más que cambie usted de apariencia, ¿cómo habría de dejar de reconocerlo, si ni siquiera en sueños he olvidado su rostro durante estos tres años? Desde el primer instante supe que aquella mujer de la capucha era usted. ¡Qué divertido comprobar que conserva intacta su afición a las extravagancias! Cuando me dice que desea verme, temo que no sea sino otro de sus caprichos. Pero ha sido tan grande mi alegría que no alcanzo a pensar en nada más: haré como me pide y lo esperaré mañana por la noche. Solo debo pedirle una cosa, pues tengo mis razones y mis planes: que acuda a Kaminarimon entre las nueve y las nueve y media. Allí un conductor de rickshaw enviado por mí lo encontrará sin falta y lo llevará a mi casa. Así como usted oculta su domicilio, tampoco yo deseo darle a conocer el mío. He dispuesto, por tanto, que le venden los ojos durante el trayecto. Le suplico que lo permita. Si no acepta esta única condición, no podré volver a verlo jamás, y no imagino mayor tristeza”.

Mientras leía la carta, tuve la impresión de haberme convertido, sin darme cuenta, en un personaje de una novela de detectives. Una curiosidad extraña y un miedo indefinible se arremolinaban en mi cabeza. También se me ocurrió que tal vez ella conocía muy bien mis inclinaciones y estaba representando deliberadamente aquella comedia.

La noche siguiente se desató un aguacero formidable. Cambié por completo de atuendo: sobre un conjunto de seda Ōshima a juego me puse un impermeable de goma y salí a la calle, llevando un paraguas de seda de Kai, contra el que el agua golpeaba, chap, chap, como una catarata. El canal de Shinbori se había desbordado sobre la calzada, así que me guardé los calcetines en el pecho del kimono. Mis pies desnudos, empapados, brillaban bajo las lámparas de las casas. El estruendo de la lluvia, que caía a torrentes desde el cielo, ahogaba cualquier otro sonido. Hasta la calle Hirokōji, normalmente tan bulliciosa, tenía casi todas sus contraventanas cerradas. Dos o tres hombres, con las prendas recogidas a la cintura, corrían como soldados en retirada. De cuando en cuando pasaba algún tranvía, salpicando el agua acumulada sobre los rieles. Fuera de eso, solo las luces de algunos postes y anuncios iluminaban débilmente, aquí y allá, el aire velado por la lluvia.

Por fin llegué a Kaminarimon completamente empapado, con el impermeable chorreando y los brazos mojados hasta los codos. Me detuve, abatido, bajo el aguacero y recorrí los alrededores con la mirada, tratando de distinguir algo a través del resplandor de una lámpara de arco. No se veía una sola figura humana. Tal vez alguien se escondía en un rincón oscuro y me observaba. Mientras permanecía inmóvil, pensando en ello, vi aparecer desde la oscuridad, por el lado del puente Azumabashi, la luz de una linterna roja. Un viejo rickshaw para dos pasajeros avanzó a toda velocidad sobre el empedrado de la línea del tranvía, traqueteando con un sonoro “clac, clac, clac”, y se detuvo justo delante de mí.

–Suba, patrón.

La voz del conductor, que llevaba un sombrero de copa redondeada y ala ancha, además de una capa impermeable, se perdió en el estruendo del aguacero. Enseguida el hombre pasó a mi espalda, me envolvió los ojos con una tira de seda habutae dándole un par de vueltas y la apretó tanto que sentí retorcerse la piel de las sienes.

–Vamos, suba.

Sus manos ásperas me sujetaron y me instalaron apresuradamente en el vehículo.

La lluvia repiqueteaba sobre la capota, que despedía un olor húmedo. No cabía duda de que a mi lado viajaba una mujer. El aroma de sus polvos de tocador y el calor de su cuerpo se acumulaban allí dentro como un vapor tibio.

El conductor levantó las varas del rickshaw y, para confundirme sobre la dirección que tomábamos, dio dos o tres vueltas en torno al mismo lugar antes de ponerse en marcha. Torcía a la derecha, doblaba a la izquierda y, por momentos, parecía que vagáramos por el interior de un Labyrinth. De cuando en cuando salíamos a una calle por la que circulaban tranvías o cruzábamos un pequeño puente.

Durante largo rato seguimos balanceándonos en el vehículo. La mujer que iba a mi lado debía ser, por supuesto, T., pero permanecía sentada, inmóvil y en silencio. Seguramente viajaba conmigo para vigilar que no me quitara la venda de los ojos. Sin embargo, aunque nadie me vigilara, yo no tenía la menor intención de hacerlo. Aquella mujer de ensueño que había conocido en alta mar, la capota bajo la lluvia de una noche tormentosa, los secretos de la ciudad nocturna, la ceguera, el silencio… todo se fundía y me sumergía en una bruma de misterio.

Al cabo de un rato, la mujer me separó los labios apretados y me introdujo un cigarro en la boca. Después encendió un fósforo y me dio fuego.

Pasó aproximadamente una hora antes de que el rickshaw se detuviera. Las manos ásperas del conductor volvieron a guiarme. Avanzamos unos cuantos metros por lo que parecía un callejón estrecho, hasta que el hombre abrió con un chirrido una puerta semejante a la de un patio trasero y me condujo al interior de una casa.

Me dejaron solo en una habitación, todavía con los ojos vendados. Llevaba un rato sentado cuando oí abrirse una puerta corrediza. Sin decir una palabra, la mujer se deslizó hasta mí como una sirena y se recostó boca arriba en mi regazo. Me rodeó la nuca con ambos brazos y, con un leve movimiento, deshizo el nudo de la venda de seda.

La habitación tendría unos ocho tatamis. Tanto la construcción como la decoración eran magníficas, y se notaba que la madera había sido cuidadosamente elegida. Pero, así como no podía precisar la posición social de aquella mujer, tampoco lograba saber si me encontraba en una casa de citas, en la vivienda de una concubina o en una respetable residencia de la alta sociedad. Al otro lado de una galería había un macizo de arbustos frondosos y, detrás, una cerca de madera. Con tan poco a la vista, me era imposible siquiera imaginar en qué parte de Tokio estaba aquella casa.

–¡Qué alegría que haya venido!

Mientras hablaba, se inclinó sobre una mesa cuadrada de palisandro situada en el centro de la habitación y dejó reptar sus brazos blancos sobre el tablero como dos criaturas vivientes. Me sorprendió ante todo lo extraordinariamente distinta que estaba de la noche anterior. Llevaba un sobrio kimono de seda omeshi a rayas, con el cuello superpuesto y un obi de dos caras, y el pelo recogido en un moño ichō-gaeshi.

–Seguro que le hace gracia verme vestida así esta noche. Pero, si una no quiere que los demás sepan quién es, no le queda más remedio que cambiar de aspecto todos los días.

Levantó una copa que estaba boca abajo sobre la mesa y vertió vino en ella. Sus gestos, mientras decía aquello, resultaban más dulces y lánguidos de lo que yo había imaginado.

–¡Y pensar que todavía se acordaba de mí! Desde que nos separamos en Shanghái, he sufrido mucho con otros hombres y, sin embargo, por alguna razón nunca he podido olvidarlo. Le suplico que esta vez no vuelva a abandonarme. Siga viéndome siempre como a una mujer de ensueño, sin saber quién soy ni qué vida llevo.

Cada una de sus palabras resonaba en mi pecho con la cadencia melancólica de una canción de tierras lejanas. ¿Cómo podía aquella mujer, tan ostentosa, orgullosa e ingeniosa la noche anterior, mostrarse ahora tan triste y humilde? Parecía que hubiera renunciado a todo y arrojara su alma ante mí.

“La mujer del sueño”, “la mujer del secreto”… seducido por el encanto de aquella nebulosa Love adventure, a medio camino entre la realidad y la alucinación, comencé a visitarla casi todas las noches. Me quedaba con ella, entregado a nuestros juegos, hasta las dos de la madrugada y después, con los ojos vendados, me llevaban de vuelta a Kaminarimon. Así seguimos viéndonos durante uno o dos meses, sin que ninguno conociera el nombre verdadero ni el domicilio del otro. Hasta entonces no se me había ocurrido averiguar quién era ni dónde vivía. Pero, con el paso de los días, empezó a despertar en mí una curiosidad extraña: quería saber, aunque solo fuera eso, hacia qué parte de Tokio nos llevaba en realidad el rickshaw y dónde quedaban, con respecto a Asakusa, los lugares por los que yo pasaba con los ojos vendados. A veces recorríamos la ciudad durante media hora, una hora y hasta hora y media, traqueteando por las calles, antes de llegar a su casa. Tal vez, después de todo, estuviera mucho más cerca de Kaminarimon de lo que parecía. No podía evitar hacer conjeturas cada noche, mientras el vehículo me sacudía de un lado a otro.

Una noche no pude soportarlo más.

–Quítame la venda, aunque solo sea un momento –le rogué mientras íbamos en el vehículo.

–No, no. Eso no puede ser.

Alarmada, me sujetó firmemente las manos y apoyó el rostro sobre ellas.

–Por favor, no me pida semejante capricho. Esta calle es mi secreto. Si usted llegara a descubrirlo, quizá me abandonaría.

–¿Por qué habría de abandonarte?

–Porque entonces ya no sería “la mujer del sueño”. Usted está enamorado de la mujer del sueño, más que de mí.

Me suplicó e intentó convencerme de mil maneras, pero no quise escucharla.

–No hay remedio. Entonces se lo mostraré… pero solo por un instante.

Lo dijo casi en un suspiro y, mientras me aflojaba la venda con gesto abatido, me preguntó inquieta:

–¿Sabe dónde estamos?

El cielo despejado tenía un tono extrañamente oscuro, sobre el que titilaban innumerables estrellas. La Vía Láctea, como una neblina blanca, cruzaba de un extremo a otro del firmamento. A ambos lados de una calle estrecha se alineaban tiendas cuyas luces iluminaban alegremente el barrio.

Lo desconcertante era que aquella calle parecía bastante concurrida y, sin embargo, yo no tenía la menor idea de dónde estábamos. El vehículo avanzó a toda velocidad y, al cabo de una o dos manzanas, distinguí al fondo, justo enfrente, un gran letrero de un grabador de sellos que decía “Seibidō”.

Me incliné hacia delante para leer los caracteres pequeños del letrero, donde figuraban el nombre de la calle y el número del establecimiento. Ella advirtió enseguida mi intención.

–¡Ah!

Y volvió a cubrirme los ojos.

Una calle estrecha, con muchas tiendas llenas de luz, y al fondo el letrero de un grabador de sellos… Por más vueltas que le daba, estaba seguro de que nunca había transitado por aquel lugar. Volví a sentir la fascinación de encontrarme ante uno de aquellos mundos misteriosos que me habían cautivado de niño.

–¿Alcanzó a leer lo que decía aquel letrero?

–No, no alcancé a leerlo. Lo cierto es que no tengo la menor idea de dónde estamos. De tu vida no sé más que lo ocurrido hace tres años sobre las olas del Pacífico. Me has seducido y siento como si me hubieras llevado a un país de espejismos, al otro lado de un océano lejano.

Ella me respondió con una voz triste y profundamente emocionada:

–Por lo que más quiera, conserve siempre esa impresión. Siga pensando que soy la mujer del sueño, que vive en un país de espejismos. Y no vuelva jamás a pedirme un capricho como el de esta noche.

Me pareció que las lágrimas le corrían por las mejillas.

 

***

Durante algún tiempo no pude olvidar la visión de aquella calle misteriosa que ella me había permitido contemplar. El letrero del grabador de sellos, situado al fondo de un callejón estrecho y animado, bajo el resplandor intenso de las luces de los comercios, había quedado nítidamente impreso en mi memoria. Me empeñé en averiguar dónde estaba aquella calle y, al cabo de muchas cavilaciones, se me ocurrió un plan.

Después de tantas noches de viajes en el rickshaw de dos plazas, había advertido que sus vueltas sobre sí mismo en Kaminarimon y sus giros a derecha e izquierda habían terminado por repetirse siempre del mismo modo, y yo, sin darme cuenta, los había memorizado. Una mañana me situé en la esquina de Kaminarimon, cerré los ojos y di dos o tres vueltas sobre mí mismo. Cuando calculé que había girado lo suficiente, elegí una dirección y eché a correr, procurando mantener la velocidad del vehículo. No tenía otro recurso que calcular a ojo el tiempo y doblar aquí y allá por las bocacalles. Pero, cuando llegué a un punto que me pareció el adecuado, encontré, tal como había previsto, un puente y una calle con tranvías. Estaba convencido de que seguía la ruta correcta.

Al principio rodeé el parque desde Kaminarimon hasta Senzokuchō y seguí por las calles estrechas de Ryūsenjichō, en dirección a Ueno. En Kurumazakashita volví a doblar a la izquierda, recorrí siete u ocho manzanas por Okachimachi y empecé a desviarme otra vez a la izquierda. Fue entonces cuando apareció ante mí la callejuela que había visto aquella noche.

En efecto, al fondo se distinguía el letrero del grabador de sellos.

Avancé con paso decidido hacia él, como si estuviera penetrando hasta el fondo de una gruta donde se escondía un secreto. Pero, cuando salí a la calle que atravesaba el extremo del callejón, descubrí con sorpresa que no era sino la prolongación de la calle de Shitaya Takemachi, donde todas las noches se instalaban puestos ambulantes. A pocos metros se encontraba incluso la tienda de ropa usada en la que tiempo atrás había comprado el kimono de crespón estampado. La misteriosa callejuela comunicaba Shamisenbori con la calle de Nakaokachimachi, aunque yo no recordaba haber pasado nunca por allí. Permanecí un buen rato frente al letrero de Seibidō, que tanto me había atormentado. ¡Qué distinto era de noche, cuando las luces rojas resplandecían bajo el cielo estrellado y todo parecía envuelto en un misterio de ensueño! Ahora, al contemplar bajo el fuerte sol otoñal las pobres casas resecas y deslucidas, sentí de golpe una profunda decepción. El encanto se había desvanecido.

Sin embargo, impulsado por una curiosidad que no podía dominar, volví a correr, orientándome desde allí como un perro que, olfateando la calle, busca el camino de regreso a su guarida.

El trayecto me llevó de nuevo a Asakusa. Desde Kojimachō avancé desviándome a la derecha una y otra vez, crucé la calle del tranvía cerca de Sugabashi, giré por la ribera de Daichi hacia Yanagibashi y terminé por salir a Hirokōji, en Ryōgoku. Comprendí entonces los enormes rodeos que la mujer me hacía dar para desorientarme. Pasé por Yagenbori, Hisamatsuchō y Hamachō, y crucé el puente Kakihamabashi. Allí perdí de repente toda noción del camino que debía seguir.

Según mis cálculos, la casa de la mujer debía de encontrarse en algún callejón de aquella zona. Durante cerca de una hora anduve entrando y saliendo de los estrechos pasajes de los alrededores.

Justo enfrente del santuario de Dōryō Gongen descubrí, entre los aleros de unas casas apretadas unas contra otras, un pasadizo tan angosto y discreto que casi pasaba inadvertido. Tuve la certeza inmediata de que la casa de ella estaba escondida al fondo. Me interné en el callejón y vi a la mujer asomada a la baranda del segundo piso de la segunda o tercera casa de la derecha, rodeada por una magnífica cerca de madera. Me observaba fijamente desde lo alto, a través de las agujas de un pino. Tenía el rostro de una muerta.

Desde abajo, no pude evitar dirigirle una mirada burlona. Ella continuó observándome sin esbozar siquiera una sonrisa, fingiendo no conocerme, como si fuera otra mujer. Y tanto difería su aspecto del que tenía por las noches que bien habría podido hacerse pasar por una desconocida sin despertar sospechas. Su rostro reveló enseguida el arrepentimiento y la desolación de haber cedido una sola vez a los ruegos de un hombre y permitido, al aflojarle la venda, que descubriera su secreto. Luego se retiró silenciosamente detrás de una puerta de papel.

Se llamaba Yoshino y era una viuda acomodada de aquel barrio. Como había ocurrido con el letrero del grabador de sellos, todos los misterios quedaron resueltos. Y la abandoné.

 

***

Dos o tres días después me marché de improviso del templo y me trasladé a la zona de Tabata. Mi espíritu se conformaba cada vez menos con el placer pálido y tibio del “secreto”, y comenzaba a ansiar otros deleites, de colores más intensos, empapados en sangre.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario