Pedro Guillermo Jara
Enciendo el computador, un cigarrillo, acomodo mi
café e inicio la rutina de revisar lo que he escrito la noche anterior. Luz, me
digo, necesito luz y descorro la cortina de la ventana que da al patio.
Busco un
archivo y de pronto siento una presencia tras la ventana. Levanto la vista y lo
veo: su mano derecha sostiene una lanza que se pierde en lo alto; en su testa,
un casco con una visera movible que protege sus ojos, las mandíbulas, la nuca que
remata en un penacho con una cola que ondea al viento; un peto de cuero dibuja
sus músculos del tórax; un manto de piel de cabra cae desde sus hombros; un
escudo en el brazo izquierdo; una espada al cinto; un arco y un carcaj
terciados a su espalda.
El centinela
barre con su mirada el infinito, más allá de los muros. Desde la explanada
Aquiles, desnudo, como loco le hace gestos exhibiendo sus testículos. No le
hace caso, el soldado está acostumbrado a estas obscenidades después que
Aquiles perdió a Patroclo en la última batalla.
Una barba de
días cubre el rostro ceñudo del centinela. Adivino que observa a los Aqueos que
acampan en lontananza; en este largo asedio que se prolonga por diez años.
¡Mierda!,
murmuro, aprieto la tecla “Suprimir” y el Troyano desaparece.
(Tomado
de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)
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